DON VITTO GIOVANNI

DON VITTO GIOVANNI

jueves, 13 de enero de 2011

ISRAEL KAMAKAWIWO OLE -- Somewhere over the rainbow

                  


     DON  VITTO  GIOVANNI  PRESENTA                        

UNA DULZURA PARA LOS OIDOS  Y  UN CANTO A  LA VIDA

CON  ISRAEL KAMAKAWIWO OLE

dedicado a la Lic .  SILVIA  B.  que gracias a ella estoy VIVO 


  

sábado, 8 de enero de 2011

Los líderes ¿nacen o se hacen?

DON  VITTO  GIOVANNI

PRESENTE :  RELACIONES  HUMANAS



Los líderes ¿nacen o se hacen?

Winston Churchill hace un saludo de victoria
Una de las estrategias en liderazgo es pensar cómo un líder actuaría en una situación determinada.
La exploración del liderazgo se remonta a la Grecia de Platón y, todavía, la pregunta sobre qué hace a un buen líder sigue intrigando a psicólogos de todo el mundo.


A mi alrededor, había jefes de todo el planeta, provenientes de países tan diversos como Nigeria y los Emiratos Árabes Unidos.
Éramos algunos de los asistentes al programa sobre el desarrollo del liderazgo que imparte el London Managment Centre (Centro de Gerencia de Londres).
Nos estábamos rompiendo la cabeza para encontrar una respuesta: ¿los líderes nacen o se hacen?
El negocio del liderazgo es una industria que mueve millones de dólares; es una máquina de hacer dinero.

Escepticismo


Yo llegué al curso con una saludable dosis de escepticismo. "Algunos de los participantes vienen por un poco de diversión ¿no?", le pregunté a nuestro instructor.
Miembros del jurado del programa de televisión británica Dragons Den
De acuerdo con Meaden, una de las claves de un buen líder es que demuestre que tiene buen criterio.
El profesor Kyle Jaggers sacudió mi escepticismo y lo dejó a un lado.
Los comentarios han sido muy positivos, me aseguró, aunque algunos psicólogos con los que hablé pusieron en tela de juicio si existe suficiente evidencia científica sobre la efectividad de los cursos sobre liderazgo.
Jaggers me pidió que nombrara mi héroe o heroína personal y que me imaginara cómo él o ella manejaría una situación determinada.
Le dije que muchos recordarían a Winston Churchill como un gran líder, el hombre perfecto en el momento indicado.
El coordinador de la sesión me preguntó cómo creía yo que un gerente podría adoptar el optimismo y la inspiración que caracterizaron al estadista inglés.
Por ejemplo, si el gerente en cuestión tiene que despedir a 40% de su personal, debe asumir el desafío de que el 60% de los trabajadores que queda se mantenga motivado para levantar la organización y garantizar su funcionamiento.
"No te estás convirtiendo en Churchill", dijo, "pero estás tomando prestados sus valores, sus creencias, su pasión. Estás haciendo lo que tenías que hacer, pero de una manera diferente, con integridad, con pasión en tu voz. Te has convertido en una persona distinta por la manera cómo te desenvolviste (en esa situación)", explicó Jaggers.

La posición más alta

Gordon Brown, ex primer ministro británico, con su familia
"No basta con ser brillante", dice Debora Mattinson. Un líder tiene que saber persuadir.
Pero crear un escenario imaginario en una escuela de gerencia no es lo mismo que llevar los principios del liderazgo a la práctica.
Un ejemplo que pone en evidencia esta brecha es el del hasta hace unos meses primer ministro británico, Gordon Brown.
Deborah Mattinson fue integrante del comando de su campaña y vio muy de cerca su fracaso como premier.
Mattinson resalta el increíble bagaje intelectual de Brown y a sus habilidades políticas, pero -advierte- ser un buen líder no tiene que ver únicamente con ser brillante, sino con la capacidad de señalar un camino y persuadir a los demás a que te sigan en esa dirección.

Por el bien de todos

Barack Obama, presidente de Estados Unidos
El carisma es una de las características de los líderes políticos.
"Llevar las riendas de un país es como llevar las riendas de un negocio grande", opina Deborah Meaden, empresaria e inversionista británica.
Entusiasta, exitoso e inspirador son las características esenciales de un buen líder sea cual sea el área en la que se desenvuelva, señala Meaden.
No se trata sólo de que un gerente sea una buena persona y pueda manejar personal, sino de que tenga una visión clara y la pueda compartir.
La empresaria considera que un buen líder es aquel que atrae a la gente de una manera que va más allá de decir: "Quiero gustarte. Quiero ser tu amigo".
La idea es ser capaz de decir: "Cree en mí, tengo buen criterio. Cuando tomo una decisión lo hago tras analizar la información correcta. Lo que decido hacer lo hago guiado por las razones correctas, por el bien del país o por el bien de la compañía".

Sesgos

Meaden se niega siquiera a considerar la posibilidad de que el sexo tenga alguna influencia en el ejercicio del liderazgo.
Si le pides a un grupo de niños que escoja al ganador entre varios candidatos de un proceso electoral, generalmente escogerá al vencedor en las urnas
Anjana Ahuja, periodista
La escritora Anjana Ahuja, quien ha estudiado las bases evolutivas del liderazgo, tiene otra opinión.
Cuando llega la hora de escoger líderes -argumenta- todavía hay sesgos inconscientes sobre la apariencia física.
"El gran desafío en la sabana era sobrevivir. Por eso la contextura física realmente importaba", reflexiona Ahuja.
Estatura, peso, salud y condiciones físicas son tomadas en cuenta, al igual que aparentemente se toma en consideración una línea maxilar fuerte.
"Si le pides a un grupo de niños que vean a los candidatos de un proceso electoral, generalmente escogen a la misma persona que resulta vencedora en las urnas", señaló la experta.

Sexo

La profesora de psicología Michelle Ryan ha estudiado los nombramientos de mujeres en las juntas directivas de las compañías del índice FTSE 100.
Dilma Rousseff, presidenta de Brasil
No existe consenso sobre si el sexo juega un rol en la escogencia de líderes populares.
Según Ryan, lo que había sido en el ámbito del liderazgo el "techo de vidrio" para las mujeres, se ha convertido en lo que denomina un "precipicio de vidrio".
"Las posiciones de liderazgo que la mujer asume tienden a ser arriesgadas y precarias con mayor posibilidad para fracasar o ser blanco de críticas que las de sus colegas hombres".
Y ¿cuándo es tiempo para partir?
El final es con frecuencia una experiencia brutal, y rara vez voluntaria. A muchos líderes políticos les costó dar un paso atrás y permitir que alguien más tomara las riendas.
Es muy importante concentrarse en el bien común, aconseja Alex Haslam, profesor de psicología de la Universidad de Exter.
"Si has tenido, junto a tu grupo, tu día bajo el sol, es hora de buscar nuevos horizontes. Si eres capaz de reconocer eso, harás historia", concluye el psicólogo.

Robert Palmer - "Simply Irresistible" - ORIGINAL VIDEO - stereo HQ

DON  VITTO  GIOVANNI
PRESENTA







Para LINDA C.J.----- :JOAQUIN SABINA TAN JOVEN Y TAN VIEJO

DON  VITTO  GIOVANNI  Y  ROBERTO  GUARRERA  PRESENTAN PARA EL MUNDO :

NUESTRA QUERIDA AMIGA  LINDA  C. J.   EN EL  DIA  DE SU CUMPLEAÑOS,








El gato negro - Edgar Allan Poe

DON  VITTO  GIOVANNI

PRESENTA :  LITERATURA


No espero ni remotamente que se conceda el menor crédito a la extraña, aunque familiar historia que voy a relatar. Sería verdaderamente insensato esperarlo cuando mis mismos sentidos rechazan su propio testimonio. No obstante, yo no estoy loco, y ciertamente no sueño. Pero, por si muero mañana, quiero aliviar hoy mi alma. Me propongo presentar ante el mundo, clara, sucintamente y sin comentarios, una serie de sencillos sucesos domésticos. Por sus consecuencias, estos sucesos me han torturado, me han anonadado. Con todo, sólo trataré de aclararlos. A mí sólo horror me han causado, a muchas personas parecerán tal vez menos terribles que estrambóticos. Quizá más tarde surja una inteligencia que de a mi visión una forma regular y tangible; una inteligencia más serena, más lógica, y, sobre todo, menos excitable que la mía, que no encuentre en las circunstancias que relato con horror más que una sucesión de causas y de efectos naturales.
La docilidad y la humanidad fueron mis características durante mi niñez. Mi ternura de corazón era tan extremada, que atrajo sobre mí las burlas de mis camaradas. Sentía extraordinaria afición por los animales, y mis parientes me habían permitido poseer una gran variedad de ellos. Pasaba en su compañía casi todo el tiempo y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer o acariciaba. Esta singularidad de mi carácter aumentó con los años, y cuando llegué a ser un hombre, vino a constituir uno de mis principales placeres. Para los que han profesado afecto a un perro fiel e inteligente, no es preciso que explique la naturaleza o la intensidad de goces que esto puede proporcionar. Hay en el desinteresado amor de un animal, en su abnegación, algo que va derecho al corazón del que ha tenido frecuentes ocasiones de experimentar su humilde amistad, su fidelidad sin límites. Me casé joven, y tuve la suerte de encontrar en mi esposa una disposición semejante a la mía. Observando mi inclinación hacia los animales domésticos, no perdonó ocasión alguna de proporcionarme los de las especies más agradables. Teníamos pájaros, un pez dorado, un perro hermosísimo, conejitos, un pequeño mono y un gato. Este último animal era tan robusto como hermoso, completamente negro y de una sagacidad maravillosa. Respecto a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era bastante supersticiosa, hacía frecuentes alusiones a la antigua creencia popular, que veía brujas disfrazadas en todos los gatos negros. Esto no quiere decir que ella tomase esta preocupación muy en serio, y si lo menciono, es sencillamente porque me viene a la memoria en este momento. Plutón, este era el nombre del gato, era mi favorito, mi camarada. Yo le daba de comer y él me seguía por la casa adondequiera que iba. Esto me tenía tan sin cuidado, que llegué a permitirle que me acompañase por las calles.
Nuestra amistad subsistió así muchos años, durante los cuales mi carácter, por obra del demonio de la intemperancia, aunque me avergüence de confesarlo, sufrió una alteración radical. Me hice de día en día más taciturno, más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Llegué a emplear un lenguaje brutal con mi mujer. Más tarde, hasta la injurié con violencias personales. Mis pobres favoritos, naturalmente, sufrieron también el cambio de mi carácter. No solamente los abandonaba, sino que llegué a maltratarlos. El afecto que a Plutón todavía conservaba me impedía pegarle, así como no me daba escrúpulo de maltratar a los conejos, al mono y aun al perro, cuando por acaso o por cariño se atravesaban en mi camino. Mi enfermedad me invadía cada vez más, pues ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?, y, con el tiempo, hasta el mismo Plutón, que mientras tanto envejecía y naturalmente se iba haciendo un poco desapacible, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.
Una noche que entré en casa completamente borracho, me pareció que el gato evitaba mi vista. Lo agarré, pero, espantado de mi violencia, me hizo en una mano con sus dientes una herida muy leve. Mi alma pareció que abandonaba mi cuerpo, y una rabia más que diabólica, saturada de ginebra, penetró en cada fibra de mí ser. Saqué del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí, agarré al pobre animal por la garganta y deliberadamente le hice saltar un ojo de su órbita. Me avergüenzo, me consumo, me estremezco al escribir esta abominable atrocidad.
Por la mañana, al recuperar la razón, cuando se hubieron disipado los vapores de mi crápula nocturna, experimenté una sensación mitad horror mitad remordimiento, por el crimen que había cometido; pero fue sólo un débil e inestable pensamiento, y el alma no sufrió las heridas.
Persistí en mis excesos, y bien pronto ahogué en vino todo recuerdo de mi criminal acción.
El gato sanó lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba, en verdad, un aspecto horroroso, pero en adelante no pareció sufrir. Iba y venía por la casa, según su costumbre; pero huía de mí con indecible horror.
Aún me quedaba lo bastante de mi benevolencia anterior para sentirme afligido por esta antipatía evidente de parte de un ser que tanto me había amado. Pero a este sentimiento bien pronto sucedió la irritación. Y entonces desarrollose en mí, para mi postrera e irrevocable caída, el espíritu de la perversidad, del que la filosofía no hace mención. Con todo, tan seguro como existe mi alma, yo creo que la perversidad es uno de los primitivos impulsos del corazón humano; una de las facultades o sentimientos elementales que dirigen al carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido cien veces cometiendo una acción sucia o vil, por la sola razón de saber que no la debía cometer? ¿No tenemos una perpetua inclinación, no obstante la excelencia de nuestro juicio, a violar lo que es ley, sencillamente porque comprendemos que es ley? Este espíritu de perversidad, repito, causó mi ruina completa. El deseo ardiente, insondable del alma de atormentarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer el mal por amor al mal, me impulsaba a continuar el Suplicio a que había condenado al inofensivo animal. Una mañana, a completa sangre fría, le puse un nudo corredizo alrededor del cuello y lo colgué de una rama de un árbol; lo ahorqué con los ojos arrasados en lágrimas, experimentando el más amargo remordimiento en el corazón; lo ahorqué porque me constaba que me había amado y porque sentía que no me hubiese dado ningún motivo de cólera; lo ahorqué porque sabía que haciéndolo así cometía un pecado, un pecado mortal que comprometía mi alma inmortal, al punto de colocarla, si tal cosa es posible, fuera de la misericordia infinita del Dios misericordioso y terrible.
En la noche que siguió al día en que fue ejecutada esta cruel acción, fui despertado a los gritos de «¡fuego!» Las cortinas de mi lecho estaban convertidas en llamas. Toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad escapamos del incendio mi mujer, un criado y yo. La destrucción fue completa. Se aniquiló toda mi fortuna, y entonces me entregué a la desesperación.
No trato de establecer una relación de la causa con el efecto, entre la atrocidad y el desastre: estoy muy por encima de esta debilidad. Sólo doy cuenta de una cadena de hechos, y no quiero que falte ningún eslabón. El día siguiente al incendio visité las ruinas. Los muros se habían desplomado, exceptuando uno solo, y esta única excepción fue un tabique interior poco sólido, situado casi en la mitad de la casa, y contra el cual se apoyaba la cabecera de mi lecho. Dicha pared había escapado en gran parte a la acción del fuego, cosa que yo atribuí a que había sido recientemente renovada. En torno de este muro agrupábase una multitud de gente y muchas personas parecían examinar algo muy particular con minuciosa y viva atención. Las palabras «¡extraño!» «¡singular!» y otras expresiones semejantes excitaron mi curiosidad. Me aproximé y vi, a manera de un bajo relieve esculpido sobre la blanca superficie, la figura de un gato gigantesco. La imagen estaba estampada con una exactitud verdaderamente maravillosa.
Había una cuerda alrededor del cuello del animal. Al momento de ver esta aparición, pues como a tal, en semejante circunstancia, no podía por menos de considerarla, mi asombro y mi temor fueron extraordinarios. Pero, al fin, la reflexión vino en mi ayuda. Recordé entonces que el gato había sido ahorcado en un jardín, contiguo a la casa. A los gritos de alarma, el jardín habría sido inmediatamente invadido por la multitud y el animal debió haber sido descolgado del árbol por alguno y arrojado en mi cuarto a través de una ventana abierta. Esto seguramente, había sido hecho con el fin de despertarme. La caída de los otros muros había aplastado a la víctima de mi crueldad en el yeso recientemente extendido; la cal de este muro, combinada con las llamas y el amoníaco desprendido del cadáver, habrían formado la imagen, tal como yo la veía. Merced a este artificio logré satisfacer muy pronto a mi razón, mas no pude hacerlo tan rápidamente con mi conciencia, por que el suceso sorprendente que acabo de relatar, grabóse en mi imaginación de una manera profunda. Hasta pasados muchos meses no pude desembarazarme del espectro del gato, y durante este período envolvió mi alma un semi sentimiento, muy semejante al remordimiento. Llegué hasta llorar la pérdida del animal y a buscar en torno mío, en los tugurios miserables, que tanto frecuentaba habitualmente, otro favorito de la misma especie y de una figura parecida que lo reemplazara.
Ocurrió que una noche que me hallaba sentado, medio aturdido, en una taberna más que infame, fue repentinamente solicitada mi atención hacia un objeto negro que reposaba en lo alto de uno de esos inmensos toneles de ginebra o ron que componían el principal ajuar de la sala. Hacía algunos momentos que miraba a lo alto de este tonel, y lo que me sorprendía era no haber notado más pronto el objeto colocado encima. Me aproximé, tocándolo con la mano.
Era un enorme gato, tan grande por lo menos como Plutón, e igual a él en todo, menos en una cosa. Plutón no tenía ni un pelo blanco en todo el cuerpo, mientras que éste tenía una salpicadura larga y blanca, de forma indecisa que le cubría casi toda la región del pecho.
No bien lo hube acariciado cuando se levantó súbitamente, prorrumpió en continuado ronquido, se frotó contra mi mano y pareció muy contento de mi atención. Era, pues, el verdadero animal que yo buscaba. Al momento propuse, al dueño de la taberna comprarlo, pero éste no se dio por entendido: yo no lo conocía ni lo había visto nunca antes de aquel momento. Continué acariciándolo y, cuando me preparaba a regresar a mi casa, el animal se mostró dispuesto a acompañarme. Le permití que lo hiciera, agachándome de vez en cuando para acariciarlo durante el camino.
Cuando estuvo en mi casa, se encontró como en la suya, e hízose en seguida gran amigo de mi mujer. Por mi parte, bien pronto sentí nacer antipatía contra él. Era casualmente lo contrario de lo que yo había esperado; no sé cómo ni por qué sucedió esto: su empalagosa ternura me disgustaba, fatigándome casi. Poco a poco, estos sentimientos de disgusto y fastidio convirtiéronse en odio.
Esquivaba su presencia; pero una especie de sensación de bochorno y el recuerdo de mi primer acto de crueldad me impidieron maltratarlo. Durante algunas semanas me abstuve de golpearlo con violencia; llegué a tomarle un indecible horror, y a huir silenciosamente de su odiosa presencia, como de la peste.
Seguramente lo que aumentó mi odio contra el animal fue el descubrimiento que hice en la mañana siguiente de haberlo traído a casa: lo mismo que Plutón, él también había sido privado de uno de sus ojos.
Esta circunstancia hizo que mi mujer le tomase más cariño, pues, como ya he dicho, ella poseía en alto grado esta ternura de sentimientos que había sido mi rasgo característico y el manantial frecuente de mis más sencillos y puros placeres.
No obstante, el cariño del gato hacia mí parecía acrecentarse en razón directa de mi aversión contra él. Con implacable tenacidad, que no podrá explicarse el lector, seguía mis pasos. Cada vez que me sentaba, acurrucábase bajo mi silla o saltaba sobre mis rodillas, cubriéndome con sus repugnantes caricias.
Si me levantaba para andar, se metía entre mis piernas y casi me hacía caer al suelo, o bien introduciendo sus largas y afiladas garras en mis vestidos, trepaba hasta mi pecho.
En tales momentos, aunque hubiera deseado matarlo de un solo golpe, me contenía en parte por el recuerdo de mi primer crimen, pero principalmente debo confesarlo, por el terror que me causaba el animal.
Este terror no era de ningún modo el espanto que produce la perspectiva de un mal físico, pero me sería muy difícil denominarlo de otro modo. Lo confieso abochornado. Sí; aun en este lugar de criminales, casi me avergüenzo al afirmar que el miedo y el horror que me inspiraba el animal se habían aumentado por una de las mayores fantasías que es posible concebir.
Mi mujer habíame hecho notar más de una vez el carácter de la mancha blanca de que he hablado y en la que estribaba la única diferencia aparente entre el nuevo animal y el matado por mí. Seguramente recordará el lector que esta marca, aunque grande, estaba primitivamente indefinida en su forma, pero lentamente, por grados imperceptibles, que mi razón se esforzó largo tiempo en considerar como imaginarios, había llegado a adquirir una rigurosa precisión en sus contornos. Presentaba la forma de un objeto que me estremezco sólo al nombrarlo: y esto era lo que sobre todo me hacía mirar al monstruo con horror y repugnancia, y me habría impulsado a librarme de él, ni me hubiera atrevido: la imagen de una cosa horrible y siniestra, la imagen de la horca. ¡Oh lúgubre y terrible aparato, instrumento del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!
Y heme aquí convertido en un miserable, más allá de la miseria de la humanidad. Un animal inmundo, cuyo hermano yo había con desprecio destruido, una bestia bruta creando para mí -para mí, hombre formado a imagen del Altísimo-, un tan grande e intolerable infortunio. ¡Desde entonces no volví a disfrutar de reposo, ni de día ni de noche! Durante el día el animal no me dejaba ni un momento, y por la noche, a cada instante, cuando despertaba de mi sueño, lleno de angustia inexplicable, sentía el tibio aliento de la alimaña sobre mi rostro, y su enorme peso, encarnación de una pesadilla que no podía sacudir, posado eternamente sobre mi corazón.
Tales tormentos influyeron lo bastante para que lo poco de bueno que quedaba en mí desapareciera. Vinieron a ser mis íntimas preocupaciones los más sombríos y malvados pensamientos. La tristeza de mi carácter habitual se acrecentó hasta odiar todas las cosas y a toda la humanidad; y, no obstante, mi mujer no se quejaba nunca, ¡ay! ella era de ordinario el blanco de mis iras, la más paciente víctima de mis repentinas, frecuentes e indomables explosiones de una cólera a la cual me abandonaba ciegamente.
Ocurrió, que un día que me acompañaba, para un quehacer doméstico, al sótano del viejo edificio donde nuestra pobreza nos obligaba a habitar, el gato me seguía por la pendiente escalera, y, en ese momento, me exasperó hasta la demencia. Enarbolé el hacha, y, olvidando en mi furor el temor pueril que hasta entonces contuviera mi mano, asesté al animal un golpe que habría sido mortal si le hubiese alcanzado como deseaba; pero el golpe fue evitado por la mano de mi mujer. Su intervención me produjo una rabia más que diabólica; desembaracé mi brazo del obstáculo y le hundí el hacha en el cráneo. Y sucumbió instantáneamente, sin exhalar un solo gemido mi desdichada mujer.
Consumado este horrible asesinato, traté de esconder el cuerpo.
Juzgué que no podía hacerlo desaparecer de la casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de ser observado por los vecinos. Numerosos proyectos cruzaron por mi mente. Pensé primero en dividir el cadáver en pequeños trozos y destruirlos por medio del fuego. Discurrí luego cavar una fosa en el suelo del sótano. Pensé más tarde arrojarlo al pozo del patio: después meterlo en un cajón, como mercancía, en la forma acostumbrada, y encargar a un mandadero que lo llevase fuera de la casa. Finalmente, me detuve ante una idea que consideré la mejor de todas.
Resolví emparedarlo en el sótano, como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas. En efecto, el sótano parecía muy adecuado para semejante operación. Los muros estaban construidos muy a la ligera, y recientemente habían sido cubiertos, en toda su extensión de una capa de mezcla, que la humedad había impedido que se endureciese.
Por otra parte, en una de las paredes había un hueco, que era una falsa chimenea, o especie de hogar, que había sido enjabegado como el resto del sótano. Supuse que me sería fácil quitar los ladrillos de este sitio, introducir el cuerpo y colocarlos de nuevo de manera que ningún ojo humano pudiera sospechar lo que allí se ocultaba. No salió fallido mi cálculo. Con ayuda de una palanqueta, quité con bastante facilidad los ladrillos, y habiendo colocado cuidadosamente el cuerpo contra el muro interior, lo sostuve en esta posición hasta que hube reconstituido, sin gran trabajo toda la obra de fábrica. Habiendo adquirido cal y arena con todas las precauciones imaginables, preparé un revoque que no se diferenciaba del antiguo y cubrí con él escrupulosamente el nuevo tabique. El muro no presentaba la más ligera señal de renovación.
Hice desaparecer los escombros con el más prolijo esmero y expurgué el suelo, por decirlo así. Miré triunfalmente en torno mío, y me dije: «Aquí, a lo menos, mi trabajo no ha sido perdido».
Lo primero que acudió a mi pensamiento fue buscar al gato, causa de tan gran desgracia, pues, al fin, había resuelto darle muerte. De haberle encontrado en aquel momento, su destino estaba decidido; pero, alarmado el sagaz animal por la violencia de mi reciente acción, no osaba presentarse ante mí en mi actual estado de ánimo.
Sería tarea imposible describir o imaginar la profunda, la feliz sensación de consuelo que la ausencia del detestable animal produjo en mi corazón. No apareció en toda la noche, y por primera vez desde su entrada en mi casa, logré dormir con un sueño profundo y sosegado: sí, dormí, como un patriarca, no obstante tener el peso del crimen sobre el alma.
Transcurrieron el segundo y el tercer día, sin que volviera mi verdugo. De nuevo respiré como hombre libre. El monstruo en su terror, había abandonado para siempre aquellos lugares. Me parecía que no lo volvería a ver. Mi dicha era inmensa. El remordimiento de mi tenebrosa acción no me inquietaba mucho. Instruyose una especie de sumaria que fue sobreseída al instante. La indagación practicada no dio el menor resultado. Habían pasado cuatro días después del asesinato, cuando una porción de agentes de policía se presentaron inopinadamente en casa, y se procedió de nuevo a una prolija investigación. Como tenía plena confianza en la impermeabilidad del escondrijo, no experimenté zozobra. Los funcionarios me obligaron a acompañarlos en el registro, que fue minucioso en extremo. Por último, y por tercera o cuarta vez, descendieron al sótano. Mi corazón latía regularmente, como el de un hombre que confía en su inocencia. Recorrí de uno a otro extremo el sótano, crucé mis brazos sobre mi pecho y me paseé afectando tranquilidad de un lado para otro.
La justicia estaba plenamente satisfecha, y se preparaba a marchar. Era tanta la alegría de mi corazón, que no podía contenerla. Me abrasaba el deseo de decir algo, aunque no fuese más que una palabra en señal de triunfo, y hacer indubitable la convicción acerca de mi inocencia.
-Señores -dije, al fin, cuando la gente subía la escalera-, estoy satisfecho de haber desvanecido vuestras sospechas. Deseo a todos buena salud y un poco más de cortesía. Y de paso caballeros, vean aquí una casa singularmente bien construida (en mi ardiente deseo de decir alguna cosa, apenas sabía lo que hablaba). Yo puedo asegurar que ésta es una casa admirablemente hecha. Esos muros... ¿Van ustedes a marcharse, señores? Estas paredes están fabricadas sólidamente.
Y entonces, con una audacia frenética, golpeé fuertemente con el bastón que tenía en la mano precisamente sobre la pared de tabique detrás del cual estaba el cadáver de la esposa de mi corazón.
¡Ah! que al menos Dios me proteja y me libre de las garras del demonio. No se había extinguido aún el eco de mis golpes, cuando una voz surgió del fondo de la tumba: un quejido primero, débil y entrecortado como el sollozo de un niño, y que aumentó después de intensidad hasta convertirse en un grito prolongado, sonoro y continuo, anormal y antihumano, un aullido, un alarido a la vez de espanto y de triunfo, como solamente puede salir del infierno, como horrible armonía que brotase a la vez de las gargantas de los condenados en sus torturas y de los demonios regocijándose en sus padecimientos.
Relatar mi estupor sería Insensato. Sentí agotarse mis fuerzas, y caí tambaleándome contra la pared opuesta. Durante un instante, los agentes, que estaban ya en la escalera, quedaron paralizados por el terror. Un momento después, una docena de brazos vigorosos caían demoledores sobre el muro, que vino a tierra en seguida.
El cadáver, ya bastante descompuesto y cubierto de sangre cuajada, apareció rígido ante la vista de los espectadores. Encima de su cabeza, con las rojas fauces dilatadas y el ojo único despidiendo fuego, estaba subida la abominable bestia, cuya malicia me había inducido al asesinato, y cuya voz acusadora me había entregado al verdugo...
Al tiempo mismo de esconder a mi desgraciada víctima, había emparedado al monstruo.
EDGAR ALLAN POE
 

El gato negro

viernes, 7 de enero de 2011

Los defensores de Thor

DON  VITTO  GIOVANNI

PRESENTA  : SOCIEDAD - CINE - RACISMO

Pagina 12 - Radar


Marvel Comics tiene una nueva película de superhéroes: se llama Thor y está inspirada en el personaje del mismo nombre, una creación del más que prolífico Stan Lee. Un superhéroe que provenía directamente de la mitología nórdica, Thor pertenecía a los Avengers y convivía en el mismo universo ficcional que albergaba a Spiderman, Daredevil, el Hombre de Acero; ya le tocaban sus propias dos horas de cine.

La película, dirigida por Kenneth Branagh, causó su primera controversia porque ofendió al Consejo de Ciudadanos Conservadores al poner a un actor de raza negra —Idris Elba— en el papel de Heimdall, centinela de Asgard.

El CCC sostiene que “los Estados Unidos son un país europeo y su pueblo es de raza europea” y se oponen a “todo esfuerzo de mezcla o integración entre las razas”.

Es notable la cantidad de palabras que usan cuando sería más fácil que se definieran como racistas y listo.




Dice Idris Elba, más conocido para los fans de The Wire como Stringer Bell y centro de la controversia: “Thor es mítico, ¿verdad? Tiene un martillo que vuela hacia él cuando chasquea sus dedos. Eso está bien, ¿pero el color de mi piel está mal ?

NOTA DE  DON  VITTO  GIOVANNI:

Los racistas  siempre existieron .Grupos  como en este( CCC ) caso tambien.Lo mas importante es que se  divulguen noticia como esta ,para que su circulo no se incremente ante la evolucion del pensamiento colectivo de igualdad absoluta entre los hombres del mundo.

LA INVENCIÓN DEL HOSPITAL

 

 

 

 

DON  VITTO  GIOVANNI

PRESENTA : SOCIEDAD

 

LA INVENCIÓN DEL HOSPITAL

 

Una historia de la salud pública: Hace un buen tiempo, en un hospital público murió un paciente pobre, en una situación que llevaba a pensar que había sido por la impericia de los médicos. El hecho fue muy comentado, y surgieron las acusaciones de eso que los abogados de hoy llamarían “mala praxis”. Cuando el malestar comenzó a hacerse sentir en toda la ciudad, las autoridades se preocuparon y juraron estar dispuestas a llegar hasta las últimas consecuencias. Por única vez, tomaron una medida drástica: someter a examen a todos los médicos de la ciudad, para que revalidaran sus méritos profesionales.

Por Pablo Capanna



De 860 médicos fueron reprobados 160; con todo, un porcentaje bastante más aceptable que los resultados que suele arrojar cualquier examen de ingreso actual. Pero la polémica no se detuvo ahí. Se sabe que comenzaron a circular una suerte de manuales, pensados para que los pacientes pudieran evaluar la pericia de sus médicos y evitaran ser estafados por deshonestos e improvisados.
En esas circunstancias, un acaudalado empresario del transporte, que fletaba caravanas a todo el mercado del Oriente Medio, quiso poner a prueba a un médico que le habían recomendado. Le entregó una muestra de orina, diciéndole que pertenecía a su amante, que sufría de algunos trastornos. El médico descubrió inmediatamente la trampa, en cuanto se dio cuenta de que la orina era de burra, y sin inmutarse le recetó a la paciente una estricta dieta de alfalfa y gramíneas. Con eso logró aprobar el examen, se hizo famoso y hasta fue contratado por el propio Califa.
Olvidaba decir que todo eso ocurrió en Bagdad hace más de mil años.
En esos tiempos, los médicos árabes estudiaban en las madrasas, esas escuelas religiosas a las que el fundamentalismo islámico reciente ha dado tan mala fama. No todos eran necesariamente árabes ni musulmanes: era común que entre ellos hubiera hinduistas, judíos y cristianos. La medicina que practicaban también era bastante ecléctica.
A los médicos se los reconocía por su capa y su túnica blanca, que iban coronadas por el turbante que distinguía a la profesión. Como en todos los tiempos, había unos médicos que se enriquecían y otros que llevaban una vida de servicio a los más necesitados. Unos se hacían famosos por sus aciertos y otros por sus fracasos. Entre los grandes maestros, a Rhazes se lo conocía por su austeridad, pero Avicena era un notorio mujeriego y bebedor. Ambos eran trabajadores incansables.
Lo más interesante es que todos hacían su aprendizaje en los hospitales, que eran públicos y gratuitos. El concepto y la estructura de lo que conocemos como hospital moderno es una creación de la cultura islámica en la Edad de Oro, antes de que Bagdad fuera arrasada por los mongoles y Córdoba cayera en la reconquista de España. Todo lo demás, lo puso la ciencia moderna, que también les debe algo a los árabes.
Estampilla y pintura del medico rhazes.


SANTUARIOS, HOSPICIOS Y NOSOCOMIOS



Lo más parecido a un hospital que tuvieron los griegos en el período clásico eran los templos de Asklepios, el dios de la medicina. Allí acudían los enfermos graves o crónicos en busca de un milagro, para someterse a terapias que eran una mezcla de curación por la fe y medicina empírica. Los romanos, a quienes todos reconocen como grandes organizadores, nunca se ocuparon de desarrollar una medicina social, y apenas tuvieron hospitales de campaña para sus tropas conquistadoras. Recién con el cristianismo aparecieron los hospicios, destinados a los pobres que no podían pagarse un médico. El Estado no se ocupaba de ellos, y se sostenían con las donaciones de algunos filántropos. El emperador Juliano se quejaba de que los hospicios servían para que los cristianos hicieran proselitismo.
Con todo, en Europa occidental hasta los hospicios eran escasos, por lo menos hasta el siglo XIII, y el concepto de Hospital nació recién después de las Cruzadas.
Muy distinta era la situación en el Imperio Bizantino, donde había hospitales para los pobres (los llamados nosocomios) que contaban con un cuerpo médico estable. En el mundo bizantino, los médicos más destacados pertenecían a la religión nestoriana, una herejía del cristianismo. Cuando el emperador Zenón los echó de Siria, los nestorianos emigraron a Persia (Irán). Allí fueron asimilados por los árabes, que para el siglo VII ya habían conquistado Siria, Persia y Egipto.
Mientras Europa occidental sufría las invasiones, el Imperio se disolvía y la cultura recaía en la barbarie, los árabes llevaban a cabo la apropiación de todo el saber científico griego, que había sido conservado por la cultura siria. Los textos griegos, que habían sido traducidos al siríaco, volvieron a ser vertidos al árabe. Siglos después, regresaron a Europa tras ser retraducidos al latín, lo cual explica no pocos malentendidos, en ciencia como en filosofía.
En lo que atañe a la medicina, el centro de transferencia del saber fue la ciudad de Jundi Shapur, en Persia. Allí había una gran comunidad de médicos persas, indios, cristianos, nestorianos, zoroastrianos, judíos y griegos, con bibliotecas que disponían de un considerable caudal de conocimientos, tanto de origen griego como proveniente de la India.
Cuando concluyó este proceso, la dinastía Abásida había hecho de Bagdad su capital, y ya era posible hablar de medicina grecoislámica o yunani, que por costumbre llamamos “árabe”.
La historia escrita por los europeos ha tendido a relativizar estos decisivos aportes, asignándoles a los árabes el papel de meros intermediarios, que apenas habrían tenido el mérito de preservar la ciencia griega. De hecho, los árabes no tenían mucho que copiar, aparte de los clásicos, porque en la Europa de entonces no había investigación empírica, ni centros de estudio donde formar profesionales.
En el mundo islámico, los médicos gozaban de cierta autonomía para investigar y disponían de hospitales para practicar. No dejaban de tener conflictos con las autoridades religiosas, porque el Corán hablaba de resignación ante el dolor, pero también mandaba confortar a los enfermos, lo cual fomentaba la medicina.
Los hospitales eran centros de capacitación médica, donde la terapéutica se basaba en “la experiencia repetida”. Para su tiempo, los árabes eran excelentes químicos, estaban muy avanzados en óptica y si bien no contaban con el instrumental que hoy consideramos elemental en un laboratorio, habían desarrollado un verdadero virtuosismo para la observación. Seguían una estricta metodología para examinar al paciente y sus deyecciones. En especial, le daban mucha importancia a las variaciones del pulso.
Uno de los grandes médicos árabes, conocido por los europeos con el nombre de Rhazes, era un trabajador infatigable que escribió más de 200 tratados. Se recuerda una experiencia que realizó con pacientes de meningitis. Más allá de la errada terapéutica, lo que lo hace interesante es el método. Rhazes mandó hacer sangrías a un grupo de pacientes, pero dejó a otro grupo en observación, como control. El método experimental no estaba muy lejos...
Avicena (980-1037), que fue llamado por sus contemporáneos “el príncipe de los médicos”, era capaz de escribir tanto un Canon para consulta de los profesionales como un Poema de medicina, para la divulgación entre el público culto.
En Occidente, los médicos árabes como Avicena y Averroes fueron más conocidos y discutidos como filósofos, pero Geber fue una autoridad para los alquimistas. El casi desconocido Ibn an-Nafis fue quien descubrió la circulación pulmonar, cuatro siglos antes que Servet, pero eso recién fue reconocido en Europa hace menos de un siglo.
        
Avicena (c. 980-1037).


PUBLICO Y GRATUITO



El hospital árabe (que tenía un nombre persa, bimaristan) no era confesional. Era una institución secular, que atendía a todos, fueran ricos o pobres, creyentes o incrédulos. Se sostenía gracias al wafq, las herencias y donaciones de propiedades que hacían los más pudientes para ganarse la vida eterna, con tanta generosidad como la que ponen hoy en crear fundaciones para evadir impuestos.
El primer hospital que se fundó fue el de Damasco, en el año 706 de nuestra cronología. Contaba con varios médicos estables y tenía sectores especiales donde se aislaba a los leprosos y se atendía a los ciegos.
En la etapa más brillante de la historia del Islam se fundaron hospitales en El Cairo, Bagdad, Túnez y Turquía, y, por supuesto, también en Granada y Córdoba.
El primero de los hospitales de Bagdad fue fundado por Harun al-Rashid, el legendario califa de Las Mil y Una Noches. Tenía 25 médicos, entre los cuales había oculistas, cirujanos y quiroprácticos que componían los huesos. Los pacientes que se internaban debían dejar sus ropas al entrar, y recibían vestimentas limpias. Se los hacía bañar y mudarse de ropa con frecuencia.
Uno de los hospitales de la ciudad de El Cairo lo había fundado Saladino y era uno de los pocos sostenidos por el erario. Otro, el Ahmed ibn Tûlûn, contaba con dos casas de baños terapéuticos, para hombres y mujeres, un pabellón destinado a los enfermos mentales, una biblioteca de consulta y un dispensario de medicamentos, atendido por varios farmacéuticos. Abulcasis, el árabe andaluz que fue maestro de cirujanos, nos informa que las mujeres que practicaban la medicina “eran escasas”, pero no dejaba de haber algunas como ginecólogas y obstetras.
Para el siglo X las autoridades dispusieron brindar atención médica a los presos. También solían despachar dispensarios viajeros para atender a los pacientes de las zonas rurales.
En los hospitales sirio-egipcios de los siglos XII y XIII había varios pabellones para las diversas especialidades. Contaban con su propia fuente para proveerse de agua, farmacia, biblioteca y cocina. Había un cuerpo de enfermeros y practicantes.
Para esa época, los bizantinos también habían comenzado a hacer su transferencia de conocimientos. Esto ahora funcionaba en sentido inverso, de vuelta a Occidente. Contaban con hospitales tan buenos como los árabes. Eran para los pobres porque, salvo emergencias, a los ricos los atendían en sus casas. Para el siglo XIII, Constantinopla tenía el hospital Sampson Xenon, con guardias de cirugía y oftalmología, y el Pantokrator Xenon, donde había cinco pabellones con 17 médicos, 34 enfermeros, 11 empleados de servicio y una farmacia con 6 boticarios.
A todo esto, en Europa occidental no existía nada comparable. En la época de Carlomagno, que hizo contactos diplomáticos con el califa Harun al-Rashid, el Imperio occidental apenas tenía algún que otro hospicio.
Cuando los cruzados, que en general eran bastante brutos, se encontraron con los eficientes hospitales árabes, quedaron tan impresionados que algunos de ellos crearon la orden de los Caballeros del Hospital de San Juan, más tarde conocida como Orden de Malta. Su Hospital de Jerusalén apenas contaba con cuatro médicos y cuatro cirujanos (entonces eran profesiones distintas), pero fue el que les dio nombre a todos los hospitales que vinieron después.
De vuelta a Europa, los Hospitalarios inspiraron la fundación del Hospital del Espíritu Santo de Roma y del Hôtel-Dieu de París. Más tarde, los burgueses de Florencia, con Folco Portinari a la cabeza, crearon el hospital de Santa María Nuova que contaba con un servicio de asistencia pública para traslados y atención domiciliaria. Se llamaba “Misericordia” y me consta que seguía viva a mediados del siglo pasado.
Pero todo esto ocurrió recién en el siglo XV. Los árabes habían tenido eficientes hospitales cinco o seis siglos antes. Además tenían la costumbre de decorarlos con arabescos o con versículos del Corán, pero también el buen gusto de no ponerles letreros que dijeran “Saladino conducción”, “Gestión Harun al-Raschid” o “Haciendo Damasco.”




                                                        
                                                               Farmacia del siglo XI




                                             














Tapa futuro

miércoles, 5 de enero de 2011

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NOTA  DE  DON  VITTO   GIOVANNI:


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lunes, 3 de enero de 2011

Un festín visual con "La última cena"-- Leonardo Da Vinci

DON  VITTO  GIOVANNI

PRRESENTA:  ARTE


Un festín visual con "La última cena"

Con la intención de resucitar una cultura visual perdida, el cineasta británico Peter Greenaway lleva 3 años exponiendo su instalación-conferencia sobre la famosa pintura de Leonardo Da Vinci, con éxito de público y no pocos académicos irritados.

POR RANDY KENNEDY - The New York Times



A los que visitan un lugar de Nueva York cerca de Park Avenue y la Calle 66 puede resultarles difícil pensar que no están en el interior del monasterio Santa Maria delle Grazie de Milán observando algo que todos conocen y pocos han visto: una pintura magistral de trece hombres sentados de forma extraña a un solo lado de una larga mesa.

No son muchos los especialistas que podrían distinguir el mural que tienen ante sí del real, "La última cena", de Leonardo. Sin embargo, un breve examen de esta pintura revelaría algunos anacronismos.

Por ejemplo, en la parte posterior la pintura está agrietada: se colocó yeso de aspecto antiguo sobre Alucore, el tipo de revestimiento de aluminio que se usa para los pisos de los aviones.

En realidad, el lugar es el Park Avenue Armory. El cineasta británico Peter Greenaway presenta ahí su instalación, conferencia, cine, pintura o lo que sea, que lleva 3 años exponiendo ante un nutrido público ­y no pocos académicos irritados­ en todo el mundo.

"La última cena de Leonardo: Una visión de Peter Greenaway" nació de su deseo de resucitar una cultura visual que considera que los ojos modernos han perdido en lo que respecta a la mirada a la pintura. Comprende luces, accesorios, modernos proyectores digitales, grandes pantallas, música grabada, voice-overs, una copia exacta de la pintura y prácticamente todo otro recurso teatral imaginable para lograr que una obra maestra del arte occidental cobre vida.

La primera de esas exposiciones de Greenaway fue en 2006, y el experimento comprendió proyecciones sobre la auténtica "Ronda nocturna", la obra maestra de Rembrandt que se encuentra en el Rijksmuseum de Amsterdam, donde vive Greenaway, que tiene 68 años y suficiente prestigio para que se lo haya autorizado a experimentar con ese tesoro nacional holandés. La idea se fue ampliando, y desde entonces ha comprendido el original de "La última cena", sobre el que Greenaway superpuso proyecciones una noche de 2008; una muestra con una réplica de "Las bodas de Caná", de Veronese, realizada el año pasado en Venecia; y dos presentaciones más de "La última cena", en Milán y Melbourne, utilizando la réplica de la pintura que hace poco se envió de España a Nueva York en seis paneles.

En el hall del Armory, trabajadores de Change Performing Arts, una compañía de producción teatral de Milán, construyeron una recreación de tamaño natural ­de proporciones exactas­ del atrio de Santa Maria delle Grazie, donde Leonardo completó "La última cena" en 1498 luego de varios años de trabajo.

La copia de la pintura se hizo 510 años después y en mucho menos tiempo, unas cinco semanas.

Estuvo a cargo de una compañía llamada Factum Arte, que tiene sedes en Madrid y Londres y es una pionera en el uso de fotografía de alta resolución y escaneo tridimensional para recrear pinturas y esculturas con precisión. La réplica de "La última cena" se "pintó" por medio de una impresora a tinta que cubrió lentamente paneles de yeso ­muy parecido al tipo sobre el que trabajó Leonardo­ con pintura que imita la original pero dura mucho más. (Leonardo usó una mezcla experimental de témpera sobre yeso seco que resultó ser en extremo frágil.) Greenaway señaló que su interés por montar esas exposiciones derivaba no sólo de su temprana formación plástica, sino también de su deseo de usar el cine con fines pictóricos. La motivación se hizo más fuerte con la declinación de su interés por el cine, cuya muerte pronostica a toda voz desde hace más de diez años por más que siguió haciendo películas. En su opinión, el cine, que existe desde hace algo más de un siglo, ha agotado sus posibilidades como forma artística. Lo que empezó a obsesionarlo fue la idea de ver qué podía hacer la tecnología cinematográfica del siglo XXI ("Las herramientas del cine se desperdician en el cine", dijo) si se la ponía en relación con algunos miles de años de su antepasada bidimensional, la pintura occidental.

"Algo básico es que si hay comezón, hay que rascarse", dijo. "Es por eso que, si digo que el cine es malo, tengo que tratar de revertir cosas", agregó.

De las pinturas que presentó hasta ahora para esa misión, así como de aquellas a las que aspira ­entre ellas, "Guernica", de Picasso, una gran pintura de Jackson Pollock con técnica de goteo que se encuentra en el Museum of Modern Art, y tal vez la Capilla Sixtina como último acto monumental­, dijo: "No las convertimos en películas. No son obras de arte animadas. No son caricaturas.

Pero podemos cambiar el color, el contraste y el claroscuro, con lo que podemos darles un curioso carácter cinematográfico." Unos días después, mientras una mesa que evocaba "La última cena" pasaba de un rojo amenazador a un blanco enceguecedor, y proyecciones de detalles de la pintura giraban de forma vertiginosa alrededor de los espectadores, Greenaway señaló que estaba un poco preocupado. "También soy responsable de introducir nociones de lo que es un entretenimiento legítimo", declaró.

Pero Adam Lowe, fundador de Factum Arte y creador de la réplica de la "La última cena", sonrió. "Si hoy estuviera aquí", dijo, "creo que Leonardo sería el hombre más feliz del mundo".


NOTA DE  DON  VITTO  GIOVANNI


SIMPLEMENTE  EL  NOMBRAR  ESTE  TIPO ,  CALIDAD,  Y  CUALES 

 SON  ESTOS  MONUMENTOS PICTORICOS  ES  UN  RECORDATORIO

 DE LO   SUBLIME   DEL   ARTE  PICTORICO , COMO   PATRIMONIO 

  DE  LA HUMANIDAD